Aqui estoy tranquila La danza de las horas llega La danza de la espera sigue. Yo soy la vida.

miércoles, 28 de enero de 2015

Necesitamos maestros/Antonio Pérez Esclarín

Antonio Pérez Esclarín / Filósofo Nace un 23 de septiembre de 1944, en Berdún,  un pueblito cerca del Pirineo Español, frontera con Francia. Sus padres Prudencia Esclarín y Antonio Pérez, hogar ejemplar donde nacen Josefina,  Ángel  y Antonio.
domingo 18 de enero de 2015 10:58 AM
Antonio Pérez Esclarín / Filósofo / pesclarin@gmail.com / @pesclarin
La celebración del Día del Maestro me brinda una excelente oportunidad para insistir, una vez más, en que el problema educativo es tan serio y tan grave, que no podemos darnos el lujo de prescindir de nadie. Todos somos necesarios para resolverlo.
Pero deben ser los educadores los protagonistas de los cambios educativos necesarios. Hoy todo el mundo está de acuerdo en que, si queremos una educación de calidad, necesitamos educadores de calidad, capaces de liderar las transformaciones pedagógicas necesarias y de ser ejemplo de los valores que necesitamos para superar la gravísima crisis moral que nos carcome.
Necesitamos, en definitiva, maestros. Tenemos muchos licenciados, profesores y hasta magísters y doctores, pero escasean cada vez más los maestros: hombres y mujeres que encarnan estilos de vida, ideales, modos de realización humana. Personas orgullosas y felices de ser maestros que buscan la formación continua ya no para acaparar títulos, credenciales y diplomas, sino para servir cada vez mejor a los alumnos.
Maestros que ayudan a buscar conocimientos sin imponerlos, que guían las mentes sin moldearlas, que facilitan una relación progresiva con la verdad y viven su tarea como una aventura humanizadora en colaboración con otros.
Maestros comprometidos con revitalizar la sociedad, empeñados en superar mediante la educación la actual crisis de civilización y la crisis de país que estamos sufriendo, capaces de reflexionar y de aprender permanentemente de su hacer pedagógico, y que se responsabilizan por los resultados de su trabajo.
El educador tiene una irrenunciable misión de partero de la personalidad y del espíritu. Es alguien que entiende y asume la transcendencia de su misión, consciente de que no se agota con impartir conocimientos o propiciar el desarrollo de competencias, sino que se dirige a formar personas, a enseñar a vivir con autenticidad, con sentido y con proyecto, con valores definidos, con realidades, incógnitas y esperanzas.
Si ninguna otra profesión tiene, a la larga, consecuencias tan importantes para el futuro de la humanidad como la profesión de maestro, la sociedad debería abocarse a considerar esta profesión de un modo tan especial que atrajera a los mejores estudiantes. Resulta muy incoherente alabar en teoría la labor de los maestros y maltratarlos en la práctica.
La sociedad exige mucho a los maestros y les da muy poco. Todo el mundo desearía el mejor maestro para sus hijos, pero muy pocos quieren que sus hijos sean maestros, lo que evidencia la contradicción que reconoce por un lado la importancia transcendental de los maestros, pero por el otro, los trata como a profesionales de segunda o tercera categoría.
Si queremos que la educación contribuya a acabar con la pobreza, primero debemos acabar con la pobreza de la educación y con la pobreza de los educadores. Junto a una justa remuneración, deben emprenderse profundos cambios en los procesos de selección y formación tanto inicial como permanente de los educadores.

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