Aqui estoy tranquila La danza de las horas llega La danza de la espera sigue. Yo soy la vida.

jueves, 16 de enero de 2014

Al maestro, con amor… por Willy Mckey Tomado el texto de Pro Da Vinci Willy McKey | 15 de Enero, 2013

“La auténtica enseñanza es la imitatio de un acto trascendente
o, dicho con mayor exactitud, divino,
de descubrimiento, de ese desplegar verdades
y plegarlas hacia dentro”
George Steiner. Lecciones de los maestros

“I would try to make a start
but i would rather you let give my heart
to sir, with love
Jann Arden. “To Sir, with love”

0. El saber sin rostro. Nos formamos a caballo (y a TIE Fighter) entre dos ficciones: la de la historia espectacular y la de la historia del espectáculo. Pertenezco a una generación para la cual la vida de Simón Bolívar y la de Luke Skywalker funcionan como quintos evangelios. Un hombre misterioso de espaldas, con un largo hábito color café y una capucha apartándolo de cualquier distracción oscura, remitía directamente al más respetable de los maestros: Obi-Wan Kenobi. También teníamos a Sórceres con el Príncipe Adam y a Jaga con León-O. Nuestros padres respetaban tanto a la Srta. Cometa por Takeshi y Koji, como al Sr. Spock por James T. Kirk. Nos formamos entre dos ficciones, pero creyendo en los maestros. Algunos creemos… todavía.
Cada año, cuando llega el Día del Maestro, recuerdo aquella edición especial del billete de cincuenta bolívares débiles que salió en 1981 con Andrés Bello como protagonista, pero que en su reverso no tenía el edificio del Banco Central de Venezuela, sino la reproducción de una pieza de Tito Salas en la que los adolescentes Simón Bolívar y el propio Andrés Bello son vigilados por la anonimia de un monje franciscano, bajo la copa enorme de un samán. Ese sabio sin rostro nos da la espalda a quienes pasamos por la Casa Natal del prócer más manido del mundo. Quizás lo hace porque le está prestando atención a la Historia.
Es cierto: nadie va a desenterrar los huesos del Padre Andujar. No pasará. Pero a mí me sigue recordando a Obi-Wan.
1. A partir de una fotografìa de Sam Witney. En la web circularon hace semanas una serie de fotografías de pueblos de Ghana. Eran fotos de Sam Witney. Una de ellas documenta un rectángulo de pintura negra enmarcado por la aridez de una pared de un color indefinible. En esa pizarra austera se pueden leer lecciones de biología y de geometría hechas con la misma tiza blanca y sobrepuestas a otras lecciones —ya casi invisibles— de inglés, historia, literatura. Conocimiento repartido, saber contagiado, clases articuladas por maestros que no aparecen en una foto que sin ellos habría sido imposible.
El testimonio, la prueba de lo verdaderamente humano, existe gracias a poder ver en un borrón de pizarra la posibilidad de empezar a aprender algo nuevo. Es posible descubrir que somos eso: la superposición de una lección encima de otra. Un montón de clases que, ya borradas, se han quedado tan adentro como para confiar en ellas.
No conozco Ghana. Quizás nunca la conozca. Me queda literal y conceptualmente lejos. Pero sé que hay pizarras así mucho más cerca.
Acá, en este país que nos ha convencido de su riqueza, también hay pueblos con sed y lugares donde no llegan los servicios básicos, ni Internet ni las bendiciones del subsuelo. Pero también aquí llegan los maestros, esa especie humana de vocación indoblegable que parece bastarse con la palabra. La palabra y la voluntad, nada más. Sea “endecasílabo”. Sea “isósceles”. Sea “mitocondria”. Las palabras, ese intercambio que permiten la lectura y la escritura como único conjuro.
Las palabras que van y vienen a una pizarra van haciéndola más opaca, pero también más viva. Tanto que deja de ser un recuadro de pintura rodeado por el más inhóspito de los paisajes y se convierte en la única posibilidad de transformarlo todo. Y entonces descubrimos que no somos lo que sabemos ni lo que nos han enseñado: somos lo que hacemos con eso.
2. Guáramo octogenario. Nuestra memoria caribe es breve. Brevísima. Las biografías se nos convierten en nombres ilustres. Los nombres se nos convierten en calles, avenidas, edificios… excusas. Aún así, el alcance de los maestros que no son llamados a protagonizar la Historia termina acompañándonos más de lo que creemos.
¿Un ejemplo? Aquellos maestros que, durante el gomecismo, se reunieron en el caraqueño Edificio Vargas justo hace ochenta años para fundar esa rareza gremial que se llamó Sociedad Venezolana de Maestros de Instrucción Primaria. Sin el asunto concienzudo de los catedráticos universitarios ni la farfullería del acto de masas, un grupo de maestros de escuela decidió defender los derechos de los docentes y proteger a los muchachos que iban a clases como las únicas vías posibles para adecentar la educación nacional.
El mismo profesional que se encargaba de iniciarnos en la lectura entendía la responsabilidad que tenía para iniciarnos en la democracia. Pero nuestra memoria caribe es breve. Brevísima.
3. [In]Vocación de justicia. Las fracturas de la vocación son la perdición para cualquier oficio. En Venezuela, las carreras universitarias vinculadas con la Educación son las menos solicitadas por los bachilleres recién egresados. Además, por un asunto de matriculación, también se han convertido en unas de las que solicitan el más bajo índice académico para la admisión. Es un círculo vicioso: un oficio mal pagado y con una ínfima valoración social termina siendo poco apetecido por quienes tienen los mejores índices académicos (o al menos lo suficientemente altos para apostar por carreras que les aseguren un mejor panorama).
Pero quizás esto no sea lo más grave, sino la decepción como herencia. Las precarias condiciones de retiro (o jubilación, llámelo como guste) que viven los docentes venezolanos que ya no están en ejercicio los han hecho descreer en la vocación. Los colegas de aquellos que se agremiaron en la clandestinidad del 15 de enero de 1932 se han sumado a esa gente que repite una terrible profecía a quienes de verdad quieren incorporarse al oficio de la docencia: “Vas a morirte de hambre”. Sin embargo, las universidades públicas y privadas siguen graduando a una cantidad de maestros al año como para esperanzarse estadísticamente y creer que una buena parte de esas cohortes saben que en este oficio tendrán contacto con una enorme cantidad de pequeñas vocaciones cargadas de futuro. Es en la escuela donde jugamos al “¿Qué quieres ser cuando seas grande?” y nuestro futuro depende de que algunos digan “Maestro, maestra”.
Y mejor si son vocaciones tan férreas como las de quienes militan en ese movimiento de educación popular integral y promoción social que tanta gente ha formado, tantas vidas ha tocado y que usted y yo llamamos Fe y Alegría.
4. Volver la fe una alegría. Fe y Alegría abrió su primer colegio en 1955, en el oeste de Caracas y gracias a que un albañil les cediera su casa para atender a los niños de la zona. No debe ser casual que en Catia a los albañiles también los llamemos “maestros”. Desde esa casita de Abraham Reyes hasta este presente (difícil) que viven los maestros de esa red de enseñanza, no se han abandonado ni los salones de clase ni la fe en cada muchacho.
En un país donde a cada rato se cita a Cecilio Acosta, Andrés Bello, Luis Beltrán Prieto Figueroa, Mario Briceño Iragorry, Juan Vicente González y José Miguel Sanz, e incluso advierten el apetito de exhumar a Simón Rodríguez, las contradicciones florecen como cayenas. Por eso, desde la más actualizada de las aulas hasta quienes enseñan a la intemperie, los maestros necesitan sentir que su trabajo vale tanto o más que el de otros profesionales que la sociedad respeta mucho más (a veces tan sólo porque aparecen con más frecuencia en la prensa). Quizás, antes que la urgente infraestructura y la seguridad social que merecen, lo que desean los maestros en un día como hoy no es una felicitación, sino que tomemos conciencia de que ellos están allí, responsabilizándose del futuro.
Fíjense: todavía se habla de un maestro español, llamado Francisco Ravé Berdura, que enseñaba Matemáticas y Dibujo debajo de un árbol. Lo hacía cerca de lo que durante aquel gomecismo de 1932 se conocía como el honorable Cuartel San Carlos. No es un maestro muy famoso. Entre las pocas imágenes que existen de él, hay una en la que aparece de espaldas, con un hábito de monje que siempre me ha recordado a Obi-Wan Kenobi.
5. ¿Francisco Ravé Berdura? [CODA BREVE CON INVITACIÓN] En vista de que la gente olvida del nombre del Padre Andújar hasta que a alguien le da por recordarlo, creo que vendría bien echar mano de la memoria y mencionar a esas maestras y maestros que, en los borrones de nuestra pizarra, forman parte de nuestra historia individual… de esto que ya somos y de lo que seremos.
Por eso, antes de que comenten los nombres de los suyos, me permito saludar a Yolima, esa maestra de la Unidad Educativa J.A. Pérez Bonalde, de la Calle México de Catia, que cometió el hermoso exceso de enseñarme a leer y a escribir.
No recuerdo su apellido. Me parece tan injusto. Nuestra memoria caribe es tan breve. Brevísima

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