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domingo, 1 de junio de 2014

Literatura y adolescencia La poesía, el cuento y la novela cobran en nuestras manos un peso específico inaudito

Literatura y adolescencia

La poesía, el cuento y la novela cobran en nuestras manos un peso específico inaudito

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RICARDO GIL OTAIZA |  EL UNIVERSAL
domingo 1 de junio de 2014  12:00 AM
La literatura de América Latina nace como respuesta a la creciente necesidad de descifrar y comprender una tierra indómita, dura y desafiante. El hombre ama con pasión el lar nativo y se entraña en su seno para arrancarle con la poesía y con la prosa sublimes páginas. Nuestras letras están preñadas de lozanía y de vigor. Constituye un espejo en el cual se mira el hombre y la mujer para impulsar su sino vital hacia derroteros de lucha y de esperanzas. Es América un continente que aún no ha cobrado su madurez, y como un adolescente se lanza impetuoso a la conquista de un lugar en el que no haya posibilidad alguna de reconciliación con ese fuero interno que lo sublima constantemente. Su literatura -por su raigambre adolescente- se asombra de ser, y se redescubre. El siglo XX constituye para las letras hispanoamericanas un espacio y un tiempo de reinvención de lo escrito, para devolverlo al mundo reencarnado, y desprovisto a la vez. En nuestros autores la escritura se convierte en un permanente ejercicio tras la búsqueda de su razón y de su destino. El mundo recibe perplejo hombres y obras americanas que reinventan todo lo creado. La poesía, el cuento y la novela cobran en nuestras manos un peso específico inaudito, y a la vez perverso. Los géneros literarios "adultos", casi agotados en el viejo mundo, se erigen de sus cenizas como un ave Fénix adolescente en estas tierras prometidas, para mostrárselos de nuevo a un mundo incrédulo y atónito. 

Emergentes

Ahora sí nuestro país muestra orgulloso nombres por sobre otros nombres en distintas corrientes literarias, tanto en prosa como en poesía. Emergen creadores de la estatura de un Cecilio Acosta, de un Juan Vicente González, de un Eduardo Blanco y de un Juan Antonio Pérez Bonalde, el gran poeta romántico y trágico de nuestra patria. Con el modernismo irrumpen en el mundo imperecederas obras de hombres universales como el cubano José Martí, el compatriota José Asunción Silva, el nicaragüense Rubén Darío y el venezolano Manuel Díaz Rodríguez. Con el criollismo emergen figuras importantes, como Luis Manuel Urbaneja Achelpohl, Francisco Lazo Martí y José Rafael Pocaterra, que dieron a Venezuela renombre internacional. Nace la novela regional, y con ella el nombre del más importante novelista venezolano de todos los tiempos, don Rómulo Gallegos, que llevó su escritura hasta los más apartados rincones de la geografía mundial. Destaca su novela inmortal Doña Bárbara, que recrea las vicisitudes del hombre llanero en medio de una naturaleza indómita y perversa. Civilización y barbarie se comprometen en un intenso tejido narrativo que posibilita la ascensión de Gallegos a la fama que no se extingue, cual llama inagotable. Paralelamente otros hombres americanos preconizaron idénticos destinos: Ricardo Güiraldes con Don Segundo Sombra, y José Eustasio Rivera con La Vorágine. En poesía la adolescente Hispanoamérica entregó al adulto mundo nombres como los del peruano César Vallejo, del chileno Pablo Neruda, o de los venezolanos Fernando Paz Castillo, Andrés Eloy Blanco, Antonio Arráiz y Vicente Gerbasi. 

En el siglo XX Hispanoamérica se convirtió en la cuna de la literatura mundial al traer al mundo figuras literarias que revolucionaron el concepto de la narrativa como praxis escrituraria, y de sus técnicas y estilos. El venezolano Julio Garmendia, maestro en la cuentística; el guatemalteco Miguel Ángel Asturias, gran prosista; el argentino Jorge Luis Borges, cuentista extraordinario; el cubano Alejo Carpentier, creador del concepto de lo real maravilloso americano; el venezolano Arturo Uslar Pietri, renovador de las letras venezolanas del siglo XX, portentoso pensador y crítico de la realidad venezolana; los argentinos Ernesto Sábato, narrador de inmensa creatividad, y Julio Cortázar, cuya obra maestra Rayuela renovó el género novelesco; el mexicano Juan Rulfo, que con su breve obra revuelve los cimientos de su propia nacionalidad; el también mexicano Octavio Paz, el más universal de los escritores mexicanos; Carlos Fuentes, que indaga en toda su obra en las raíces del ser mexicano y latinoamericano; el peruano Mario Vargas Llosa, que confiere al género novelístico la envergadura y la universalidad que tuvo en tiempos de los grandes clásicos universales; el colombiano Gabriel García Márquez, que con su obra Cien años de soledad exorciza los demonios del ser latinoamericano; el guatemalteco Augusto Monterroso, que redescubre el deleite de escribir y de leer cuentos; el paraguayo Augusto Roa Bastos, que con su obra fundamental Yo el Supremoreflexiona acerca del mayor mal de la política latinoamericana: la dictadura militar. Los venezolanos Adriano González León y Salvador Garmendia, se erigen en una generación de narradores que dan una proyección internacional a nuestras letras. Y por último, Alberto Jiménez Ure, Antonio López Ortega, Gabriel Jiménez Emán y Ednodio Quintero, se yerguen en el panorama literario nacional con fuerza renovadora. 

Tierra joven

Es América Latina, sus hombres y sus obras, adolescentes. Tierra joven, ardiente, que palpita en cada grano que brota de sus entrañas con la fuerza, el color y las dimensiones de un continente generoso, y al mismo tiempo impredecible. Su fuerza no está en el portento de sus ríos, en la inmensidad de sus llanos, o en la espesura de sus bosques; radica fundamentalmente en sus deseos por llegar a ser, por definirse, por hallarse en un mundo distinto que a veces no la comprende. Nuestra adolescencia se hace manifiesta cuando siendo presa de crueldades, de exterminio y de soledad, salimos airosos, triunfantes, esperanzados y con grandes sueños. Nuestras culturas se encuentran fuertemente arraigadas en las entrañas del suelo que las vio nacer. 

Expresión sublime

La literatura latinoamericana, como expresión sublime del hombre y de su sentir pluridimensional, es universal, y al mismo tiempo adolescente. Paradójicamente se la puede calificar de adulta si consideramos su madurez, su compromiso social y su fuerte raigambre ancestral. Empero, la característica fundamental es su permanente búsqueda de identidad, su deseo de redefinición, su reinvención constante que la hace cada vez un ejercicio escriturario de autorreflejo en una realidad que se desea cambiar. Nuestros escritores no se solazan frente a su obra; todo lo contrario, la toman como pretexto para edificarla en cada libro. Cada novela, cuento o poesía nuestras representan, per se, nuevos intentos por reescribir la historia de la literatura. No es extraño entonces que nuestros autores y nuestras obras sean un proceso que avanza cada vez más hacia una nueva meta. No negamos que por esas mismas razones caemos en el experimentalismo, pero ello confiere plenitud, armonía, belleza y ansias por algo cada vez mejor y depurado. 

Nuestra literatura es una cima que se yergue con el pretexto del autoconocimiento y la meta de la autodeterminación de los pueblos. La adolescencia es una etapa que posee las mismas características estructurales, y llega a nuestras vidas para poder alcanzar la cima de la realización total. América Latina y su cultura mestiza son adolescentes también. Literatura y adolescencia son en nuestro caso particular latinoamericano dos cimas encontradas en el tiempo y en el espacio; es decir, una misma utopía. 

@GilOtaiza

rigilo99@hotmail.com

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